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Entre el oasis y el mercado: agroecología y el debate sobre lo ‘BIO’ en Mauritania

Por Amanda Herrero. Responsable de Proyectos en Mauritania

En las huertas de Kaédi, el amanecer llega con un olor a tierra húmeda que se disipa rápido bajo el sol saheliano. Entre filas de cebollas, tomates y mijo, los agricultores comentan los precios del mercado, las lluvias que no llegan y, cada vez más, una palabra que se ha colado en las conversaciones: “BIO”.

No es un término local, pero ha encontrado su lugar entre las inquietudes y aspiraciones de quienes cultivan y de quienes compran.

En Mauritania, hablar de agroecología es hablar de supervivencia. La desertificación avanza —el 80% del territorio es desierto o semiárido— y las lluvias, erráticas, ponen a prueba incluso las prácticas agrícolas más resilientes. La agroecología no aparece aquí como moda, sino como una estrategia de adaptación: rotación de cultivos, uso de estiércol como fertilizante, control manual de plagas. Prácticas antiguas que, bajo el paraguas del desarrollo sostenible, cobran nueva relevancia.

En la última misión de Cives Mundi para realizar una identificación en terreno, se constató que entre productores aún no está claro —o directamente se desconoce— si producir y consumir “BIO” resulta más o menos costoso. En su mayoría, las percepciones no están vinculadas a debates sobre salud o medioambiente, sino a la viabilidad económica y técnica de la producción.

Desde una mirada eurocentrista, producir y consumir “BIO” es un ideal, incluso asumiendo un precio final más alto. En muchas ciudades europeas, pagar ese sobrecoste se percibe como un acto consciente en favor del planeta y la salud. Sin embargo, en Mauritania, el punto de partida es distinto. La producción agrícola, en general, no es tarea fácil: la falta de formación específica en agroecología limita la adopción de prácticas mejoradas, y las condiciones climáticas extremas obligan a contar con recursos muy concretos, como semillas adaptadas a la sequía y al calor.

Este contraste revela que, quizás, lo que para un consumidor europeo significa “BIO” —un producto limpio, sin químicos, ligado a un estilo de vida— no es lo mismo que para un productor mauritano, para quien la prioridad sigue siendo lograr una cosecha suficiente y estable en un entorno hostil. Así, el debate sobre lo “BIO” en Mauritania no puede desligarse de la resiliencia climática, la transferencia de conocimientos y el acceso a insumos adaptados.

Este debate no es solo semántico, sino profundamente operativo y político. En contextos como Mauritania, hablar de proyectos “BIO” o agroecológicos implica lidiar con tres realidades simultáneas:

  1. Limitaciones estructurales: falta de formación técnica, escasa infraestructura de riego, ausencia de cadenas de frío, dificultad para acceder a insumos adaptados y mercados organizados.
  2. Condiciones climáticas extremas: calor intenso, lluvias impredecibles y suelos frágiles que requieren técnicas específicas para no degradarse.
  3. Percepciones culturales y económicas distintas: lo “BIO” no se traduce automáticamente en un valor añadido para el productor ni para el consumidor local.

En este escenario, la cooperación internacional corre el riesgo de medir el éxito con cánones ajenos, diseñando proyectos que repiten discursos inspirados en realidades del Norte Global, pero que pueden volverse impracticables o irrelevantes en el terreno. Un proyecto etiquetado como “agroecológico” no puede evaluarse únicamente por su alineación con estándares internacionales, sino por su capacidad real de adaptarse al contexto, fortalecer la soberanía alimentaria y mejorar la resiliencia local.

En esta línea, Cives Mundi ha buscado integrar herramientas técnicas que permitan aterrizar el concepto “BIO” a la realidad mauritana.

En el marco del proyecto SYAP, se desarrolló una base de datos cartográfica que ofrece una visión técnica y de estudio de terreno sin precedentes en la zona. Esta herramienta no solo mapea las parcelas y zonas productivas, sino que identifica áreas inundables que cada año, tras la temporada de lluvias, afectan severamente al campo agrícola. Con esta información georreferenciada y actualizada, es posible contar con una visión analítica y de previsión de fenómenos climáticos, permitiendo un acompañamiento técnico ajustado a cada comunidad y basado en datos reales.

Este eje de intervención se ha convertido en la base para la siguiente propuesta de proyecto, Mujer Raíz, formulada para iniciar en 2026 y actualmente pendiente de aprobación. Esta nueva acción busca ampliar el estudio cartográfico y medir el impacto de las prácticas agroecológicas acompañadas en terreno, situando la producción local “BIO” en el centro de la estrategia. El objetivo es que esta acción piloto pueda mejorar la competitividad de los productos locales frente a los importados, promover el consumo de cercanía y reforzar la resiliencia climática.

La estrategia combina formación en agroecología adaptada al contexto, apoyo a productores para mejorar capacidades y calidad de producción, y la creación de una marca territorial que revalorice lo local en los mercados. Más allá de lo productivo, Mujer Raíz quiere generar una implicación social activa: fomentar la organización comunitaria, integrar a mujeres y jóvenes como protagonistas del sistema agroalimentario y reforzar la soberanía alimentaria como eje de desarrollo sostenible.

En un país donde el clima extremo y la dependencia alimentaria son desafíos estructurales, la agroecología no es una etiqueta: es una necesidad. El debate sobre lo “BIO” puede ser una oportunidad para reconectar el campo y la ciudad, revalorizar saberes y fortalecer la resiliencia comunitaria frente al cambio climático.

Mientras tanto, en las huertas de Kaédi, el trabajo continúa. El sol sube, las plantas siguen creciendo, y la tierra —con o sin sello— guarda en silencio la historia de quienes, día tras día, la hacen florecer contra todo pronóstico.

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