
Fotografía Diego López
Calvín

Fotografía Diego López
Calvín

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Soria a 4 de
Octubre de 2005.
Más de un
centenar de profesionales y personas relacionadas con el tema
procedentes de diferentes regiones se reunieron en este primer
encuentro en el que se abordó el fenómeno de la despoblación
desde estrategias para el desarrollo local y asentamiento de
nuevos pobladores en áreas rurales. Las Jornadas fueron
calificadas por los/as asistentes y ponentes como “éxito
rotundo”.
Desde la organización queremos acercaros un resumen del
contenido y conclusiones de las mismas.
En las Jornadas se presentaron estudios sobre el fenómeno de la
despoblación que aplicaban diferentes escalas de análisis, tanto
en lo espacial como en lo temporal: se ha hablado de Europa, de
España, de Portugal, de la España interior, de Castilla y León,
de Soria, de esta comarca del Valle y del mundo globalizado, y
de los movimientos de población entre todos esos espacios y en
el interior de los mismos; se ha hablado de tendencias de largo
plazo, de las trayectorias históricas que han conformado
realidades presentes, de futuro... se han hecho diagnósticos, se
ha hablado de políticas frente a la despoblación, de políticas
institucionales, de mentalidades... se han hecho aproximaciones
al problema desde la geografía, desde la historia, desde la
economía, se ha teorizado... se ha hablado de cooperación entre
territorios para ganar en eficacias, se han conocido casos y
experiencias concretas de emprendedores y de nuevos
pobladores...
Se ha hablado mucho, se han abordado infinidad de asuntos, se
han contrastado multitud de opiniones y puntos de vista en torno
a las estrategias y los caminos a seguir para contribuir a lo
que todos (gentes de diferentes procedencias y condiciones)
estamos de acuerdo en que es urgente:
• La supervivencia activa de las áreas rurales, lo que
simplificando se conoce como “desarrollo rural” o,
perfeccionando el concepto, “revitalización socioeconómica de
los territorios”.
Partiendo de esa idea “de consenso”, y huyendo de recetas
mágicas, daremos aquí una serie de pinceladas, que nos permitan
esbozar ese fresco al que cada uno de nosotros podemos añadir
luces, sombras y matices, completando ideas que en este balance
sólo quedan superficialmente planteadas. Sin citar nombres
propios de quienes en estos días de encuentro las han dicho, las
dejamos caer recalcando un carácter colectivo, que es el que ha
de quedar en el recuerdo de estas Jornadas.
• Partimos constatando que nos encontramos ante un problema “con
mayúsculas”: la desaparición de muchos núcleos rurales es
irreversible, es cuestión de tiempo, y está en el centro de un
círculo vicioso en el que los fenómenos de despoblación y
envejecimiento se retroalimentan. Pero, partiendo de esa
realidad, hay que huir del lamento y del pesimismo: hay que ser
realistas y no pesimistas. Estamos de acuerdo en que la
situación del mundo rural no es maravillosa, podemos incluso
reconocer que es mala, pero en lugar de recordar con nostalgia
“qué verde era mi valle”, podemos decir que es manifiestamente
mejorable. Eso tiene un matiz de esperanza y de afirmación.
• Ese carácter afirmativo se puede indicar de diferentes formas,
y podrían relacionarse con una idea que en estas Jornadas
también ha aparecido: la necesaria “revolución rural”, que se
puede expresar mediante varios términos que también se han
nombrado y que recorren la misma idea. Hay que buscar:
o Competitividad
o Cambio de actitud
o Fórmulas de productividad que permitan huir de la eterna
dependencia de la subvención
o Innovación
o Diversificación, huir de “monocultivos”
o Todo esto se traduce en creatividad, en imaginación: en hacer
de cada territorio un lugar con proyectos ilusionantes, con
identidad, con proyectos que tengan su marca propia, que se
erijan en “algo único”. Hacer real esa “supervivencia activa”.
• Como hemos dicho, hay que evitar la dependencia de la
Administración como si ésta fuera “la madre que nos tiene que
dar todo”, ni echarle culpa de todos los males, pero eso no
significa que no tenga responsabilidades y obligaciones (porque
el Estado somos todos y entre todos lo mantenemos). Su función,
la función del Estado (y Estado es desde la Administración
central hasta la local, pasando por las instancias autonómicas,
provinciales y comarcales) debe formularse en términos de
eficiencia y mediante mecanismos más ágiles (por ejemplo, y sólo
como tal, en las Jornadas se habló, a partir del conocimiento de
algún caso concreto, de lo interesante que serían determinados
avales ante entidades financieras para respaldo de proyectos que
se consideren viables y que éstos puedan acceder fácilmente a
créditos), incentivos a empresas que se instalen en áreas
“deprimidas”... El Estado, dentro de algo más amplio que el
desarrollo rural, como son las políticas demográficas, y en la
medida en que interactúan con esa revitalización, tiene el deber
de ejecutar medidas que garanticen la sostenibilidad económica,
medioambiental y social, con carácter “integral”, que atañen a
todas las esferas, y si es bueno que se apoye la conciliación de
la vida familiar y laboral (por señalar cuestiones contempladas
en algunos documentos, como “libros blancos”, Leyes y Planes,
aprobados por algunas instituciones), también será bueno que se
entienda que las políticas de apoyo a la natalidad, más allá de
las ayudas económicas directas, pasan por no transigir con la
precariedad laboral y los despidos baratos, por emprender una
política de vivienda realmente social, por controlar los precios
del suelo...
• Volviendo a las políticas públicas sobre áreas rurales (y aquí
también intervienen los fondos europeos), la asignación de
servicios e infraestructuras (entre otros, acceso a nuevas
tecnologías), el apoyo a actividades empresariales (industria
agroalimentaria, turismo rural...), programas culturales,
etcétera, así como una ordenación racional del territorio
(reforzamiento del tejido comarcal, descentralización “desde
abajo” y con criterios realistas y de eficiencia), son
necesarias, pero deben ir unidas a ese “cambio de actitud” por
parte de la población, de la sociedad civil, al que antes
aludíamos. Y aquí entra un elemento capital: la educación para
una mayor libertad y capacidad de decisión del individuo, para
la formación de una “masa crítica” capaz de emprender y de
innovar.
• Hablando de libertad, cremos que éste es un concepto clave a
la hora de plantear cualquier análisis. Los hombres y mujeres
deben ser dueños de sus propios destinos, y si por ejemplo
deciden emigrar será en ejercicio de ese derecho inalienable.
Por desgracia nunca ha sido así, y sigue sin ser así en
muchísimos casos (por ejemplo, los inmigrantes que, en
ocasiones, pueden volver a dar vida a nuestros pueblos, lo son
obligados por esa injusta distribución de la riqueza y de las
oportunidades a nivel mundial: y esto es una muestra de que las
situaciones globales condicionan realidades locales). Esa
libertad sólo puede ser ejercida si la calidad de vida (otro
término fundamental) es análoga en el campo y en la ciudad: si
vivir en el pueblo significa peores condiciones de vida, la
marcha se convierte en una obligación. Los poderes públicos,
mediante la asignación de recursos, deben promover la tendencia
a la equidad, contribuyendo a limar diferencias entre la
sociedad urbana y el mundo rural.
• “Calidad” entra en muchos campos: trabajos cualificados y
servicios de calidad están en la base del asentamiento y
fijación poblacional. Calidad que facilitará que el inmigrante o
el nativo decidan quedarse. Producción de calidad que, por
ejemplo, permite asegurar un mercado. En ese aspecto, hay que
huir del mito de la cuantificación, de valorar éxitos o fracasos
meramente en cifras, engañosas muchas veces (como esos PIB per
cápita que nos dicen que en las áreas despobladas la gente es
muy rica porque “toca a más”).
• Concluyendo, nos quedamos con cuatro rasgos que desvelan
claves para esta revitalización:
o Libertad para irse, para quedarse y para volver.
o Calidad como seña de identidad de la vida en el medio rural.
o Administraciones que promuevan esos valores y que propicien
políticas de carácter integral (los problemas locales requieren
soluciones globales).
o Generación de una “masa crítica”: imaginación y creatividad
par convertir “lo propio” en algo “único”. Apertura e
inteligencia para que “eso propio” esté abierto a “otros” que
vengan y puedan enriquecerlo.
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